16 de enero 2026
El día 13 de noviembre de 2025 se presentó en la Universidad Andina Simón Bolívar, en Quito, el libro “La Dignidad de la Memoria”, que contiene treinta y seis historias de ecuatorianas y ecuatorianos que vivieron en Chile durante el gobierno de la Unidad Popular y el golpe militar de Pinochet. Algunas de las historias son de ciudadanos y ciudadanas chilenos que se refugiaron en el Ecuador luego del golpe, y que fusionaron sus vidas con ecuatorianos.
La Línea de Fuego, con autorización de los editores (Fausto Campaña y Arturo Campaña), comparte algunas de esas historias, que ya son públicas luego de la presentación del libro. Las historias nos permiten retroceder en el tiempo y acercarnos a la riqueza de los procesos políticos, organizativos, artísticos y culturales que desarrollaban el pueblo chileno y la izquierda durante el gobierno de la Unidad Popular, en muchos casos con participación de hermanos latinoamericanos… ecuatorianos.
La primera entrega, “Allende, en mi memoria…” es una entrevista a la destacada artista plástica Pilar Bustos, que en su juventud se comprometió primero en proyectos culturales con la revolución cubana y luego con el proceso que se desarrolló durante el gobierno de Allende en Chile. Pilar nunca dejó ese compromiso.
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ALLENDE, EN MI MEMORIA…
Entrevista a Pilar Bustos, ecuatoriana-chilena, pintora graduada en la Escuela Nacional de Artes de la Habana, Cuba, quien fuera instructora de arte en varios programas coordinados por la Consejería Nacional de Desarrollo Social, durante el Gobierno de la Unidad Popular de Chile, entre ellos el de Balnearios Populares, y el de los Centros Culturales Barriales, durante el mandato de Salvador Allende.
Arturo Campaña Karolys
Gracias Pilar por concedernos esta entrevista que consideramos un aporte fundamental para este libro testimonial de quienes, como tú, sufrieran de cuerpo presente el impacto de la dictadura de Pinochet y vieran truncar de un tajo su comprometido trabajo para con la causa de cimentación y construcción de la patria socialista chilena.
Déjame empezar preguntando cómo se conocieron tus padres, en dónde naciste y cómo se fue materializando a partir de tu infancia esta tu doble nacionalidad.
—Gracias por tomarme en cuenta. Y bueno: Nací en Quito, en 1945. Mi madre, Susana Romoleroux Viteri, que había enviudado muy jovencita y quedado con dos tiernos hijos, Santiago y Hernán Pérez, contraería dos años después matrimonio con Pedro Emiliano Bustos, funcionario chileno de la embajada de su país en el nuestro. Al término de sus actividades diplomáticas, papá nos llevó a vivir en Chillán, región central de Chile, en la propiedad de su madre. Papá y mamá trabajaban en el fundo (la hacienda) de mi abuelita. Todo iba bien, pero, para desgracia nuestra, mi padre, apasionado del campo y de los caballos, muere trágicamente al cruzar un río, salir disparado de su montura y dar con su cabeza contra una piedra. Mi pobre madre quedaría nuevamente viuda a sus veinticinco años y con una prole de cinco: los dos del primer matrimonio, los dos del segundo y con un embarazo a cuestas.
Que cosa más penosa. Y ustedes tan pequeñitos. ¿Qué edad tenías entonces?
—Yo tenía tres años de edad y mi hermano Emiliano uno cuando murió mi papi. Mamá tuvo que asumir trabajos muy duros para poder ayudar a mi querida abuelita chilena a completar los medios suficientes para nuestro sustento. Tres años más tarde (yo andaba por los seis años y Emiliano por los cuatro ya) quedamos al cuidado de nuestra querida abuelita en Chile, pues mamá decidió volver a Ecuador con mi hermanita Isabel, la que nació en Santiago, por ver la posibilidad de conseguir algún trabajo estable, a lo mejor en el sector público, pues tenía predisposición por las actividades de servicio social.
En Ecuador mamá se había casado y establecido en una relación que le resultaría poco feliz y acabaría en divorcio. Fue entonces que decidió volver a Chile a traernos con ella, como siempre había sido su deseo y motivo de conflicto con su esposo. El año siguiente nos matriculó, en el Colegio Fiscal Veinticuatro de Mayo a mí – adolescente ya – y en la Escuela Municipal Espejo a Emiliano. Pero ni siquiera pudimos completar el año escolar cuando nos devolvimos con mamá a Chile, pues había conseguido un puesto en el Consulado del Ecuador en Santiago. Yo aproveché a matricularme en un colegio de modalidad dos años en uno, que me permitió nivelar los estudios. Pero duramos poco. Fíjate la mala suerte de mi madre: le encontraron un cáncer de mal pronóstico y decidió que lo mejor sería regresar a Ecuador a ver cómo manejar tan grave situación. Conversamos con mi hermano y convinimos en que lo mejor sería que yo volviera con ella para asegurar el respaldo afectivo que solo un hijo puede dar en estos casos. Así lo hicimos. Regresé con mamá y Emiliano quedó apoyando a la abuelita. Mamá recibió buena atención médica y con su temple y disciplina venció la enfermedad.
Venció al cáncer, que bueno. Lo cual da prueba del valor de la actitud personal de la mami y del apoyo afectivo prestado por ti. Aparte, desde luego, del buen manejo médico realizado. Ahora sí, cuéntame cómo se dio tu llegada a Cuba y tu formación profesional en el arte de la pintura…
—A mis 15 años de edad, cuando el poeta y diplomático Jaime Navarro con quien mi madre se casó, fue nombrado de Embajador en Cuba, fuimos a La Habana, adonde llegamos en octubre de 1961, justo en el Año de la Alfabetización impulsada por el Che Guevara, proyecto emblemático a que se dedicaba a fondo la Revolución Cubana. Pronto nos sentimos apasionadas por los cambios que se iban dando en Cuba. Para empezar, mi madre consiguió involucrarnos en la tarea alfabetizadora, de manera que terminamos arrimando un poco el hombro para alfabetizar a trabajadores municipales. Mi hermana Isabel alfabetizó a un hombre de setenta años y yo a uno de veinte y dos. Como reconocimiento al esfuerzo, pudimos postular a beca para entrar en la ENA, Escuela Nacional de Arte de Cuba. Isabel estudió ballet y coreografía, siendo buena alumna de la maestra Alicia Alonso. Yo me gradué en artes plásticas (pintura y dibujo en especial), en 1965. Poco tiempo antes mamá regresó al Ecuador por asuntos familiares.
O sea que viví largo en Cuba – siete años – como tú verás. En 1965 culminé con éxito mi formación artística y gané el primer premio en el concurso convocado para realizar el diseño de un mural muy grande, de 20 metros de largo por dos y medio metros de alto, a ser construido en Ciudad Sandino.
Un mural para un país hermano… Un alto honor y reconocimiento a tu capacidad artística sin duda.
—Claro que sí. Pero no, no fue en Nicaragua como estás pensando.
Bien que me lo aclaras. Yo pensé en Ciudad Sandino, de Managua, pero esa en realidad fue fundada después, en 1979, al comienzo de la Revolución Sandinista. Perdón por el lapsus, jaja.
—Así es. Lo mío fue para la Ciudad Sandino, en Cuba, en Pinar del Río, en donde la Revolución había escogido en 1964 una localidad para construir Ciudad Sandino, nombre escogido en homenaje al histórico revolucionario nicaragüense, eso sí. La ciudad estaría destinada a dar vivienda a familiares de los guerrilleros anti revolucionarios derrotados por la guerrilla de Fidel en las montañas de Escambray. O sea que las casitas en construcción, por disposición del gobierno revolucionario recibirían a las familias de aquellos sublevados derrotados que murieron en combate o cayeron presos. Eran unas casitas muy bonitas: en una de ellas viví con mi novio Víctor Romeo, estudiante chileno, durante la construcción del mural. Nuestra primera y única hija nació en La Habana en 1967. Nos casamos, pero él decidió regresarse ese mismo año, apenas nacida nuestra niña, a Chile. Ahí medio-medio acordamos que yo iría a su encuentro después.
Pero déjame volver a lo del concurso: trabajé mi propuesta con tiza, en una gran pared de squash, en La Habana, con ayuda del arquitecto Marco Gutiérrez, chileno que estaba a cargo de los murales de la Plaza de la Revolución y también formaba parte del equipo profesional a cargo de la planificación urbanística de la naciente Ciudad Sandino. Y bueno, aparte del diploma por el diseño me concedieron presenciar el trabajo de construcción del mural con el que los obreros plasmarían mi propuesta, es decir el armado de las líneas de cobre y la minuciosa tarea de distribución y colocación de las baldosillas de terrazo según sus respectivos colores y tonos. Hoy ese mural es considerado patrimonio artístico de la ciudad.
Volviste entonces a vivir en tu segunda patria. ¿Encontraste espacio propicio como para seguir con tu vocación artística?
—Espacio para mi vocación artística y política, si me permites precisar tu pregunta –me dice.
Primero te cuento que no me fue nada fácil dejar Cuba, justo cuando pasaba momentos muy gratificantes de ejercicio y reconocimiento profesional: cosas como mi primera exposición de dibujos en el Consejo Provincial de Cultura de La Habana; el premio para la realización del mural en granito de Ciudad Sandino; el premio adquisición para mi incorporación a la Unión de Escritores y Artistas de Cuba; el segundo lugar que obtuvo mi proyecto en el concurso para el mural del Parque Universitario de La Habana; todo eso me hacía sentir tan pero tan arraigada a la tierra cubana. Pero yo tenía asuntos familiares que resolver: por un lado, mi madre que había vuelto en 1965 a vivir en Quito me pedía que fuera a su encuentro con la niña; por otro lado, mi esposo esperaba por mí y por la niña en Chile. A Chile llegamos a fines de 1969…
¿Pasaste entonces por Ecuador primero?
—Pues sí. Primero vine a Quito, con mi niña de tres meses, a reunirme con ella: terminé quedándome acá del 67 al 69. Teníamos que trabajar pues contábamos con poco dinero. Me ofrecieron puesto de dibujante en Publicidad Uno… una conocida agencia en donde acabé dibujando prendas de vestir de moda, boberías… Cumplí mi tarea por tres meses, pero el dueño, igualmente conocido y famoso, no me pagó nada. Después pasé a dibujar figurines para la promoción de Pantalones Imán. Ahí si me pagaron… poco, pero me pagaron. Mira tú ¡qué ironía! de venir prestando mi hacer y mi saber artístico a favor del desarrollo cultural del pueblo cubano, terminé prestándome para satisfacer el interés publicitario de los empresarios de la moda. ¡Qué te parece! Y era tanta nuestra necesidad que, como yo había traído unos pocos dibujos artísticos conmigo, a mamá se le ocurrió organizar una exposición de mi obra en un lugar que se llamaba Pío-Pío, en la 6 de diciembre y Orellana, un restorán, un lugar en donde después se instaló uno de los primeros Supermaxi. Expusimos sin vidrio, sin marcos… todo olor a comida nomás, jaja. Y no se vendió nada. Pero llegó un día en que Oswaldo Guayasamín, el gran pintor, que conocía a mi mamá y supo de nuestra situación, la empleó como su secretaria. Es más, a mí me ofreció su taller – gesto espontáneo de generosidad que jamás olvido – a que yo pudiera seguir pintando. En su taller hice dos retratos: uno de mi madre querida y otro del nieto del maestro, un hijito de Pablo Guayasamín… Trabajos que gustaron mucho, la verdad. Ya a mediados de 1969 partí con mi hijita a Chile. Supe que bastante después, cuando el maestro fue director de la Casa de la Cultura del Ecuador (1972-1974), se había realizado en ella una exposición de mis cuadros y dibujos que mamá había puesto a disposición y a los que el maestro había hecho enmarcar.
Vamos ahora a lo de Chile. Cómo resultó el “aterrizaje” por allá después del tiempo de espera…
—¿Aterrizaje? Interesante la figura… Mira que en el vuelo iba afligida por un montón de incógnitas o turbulencias mentales, si así lo quieres. En tierra nos esperaba el reencuentro con mi esposo… Víctor Romeo…
¿Romeo esperaba a su Julieta entonces?
—Jaja – Pilar ríe, pero sin gracia … Romeo es su apellido. Pues Víctor y Pilar – que así hubiese sido el cuento para nosotros – juntaron sus vidas en un veloz romance que ocurrió en Cuba, que floreció en una linda hijita y culminó en nuestra boda civil. Pero como ya te comenté, el volvió a Chile y de eso habían pasado más de dos largos años sin vernos, cosa que a cualquier Romeo y Julieta puede generarle cierto grado de incertidumbre o desconfianza al menos. Súmale a eso – lo reconozco en confianza – que en el cortísimo tiempo que pudimos vivir en pareja matrimonial – tuvimos desacuerdos y diferencias que nos quedaron sin procesar. Tal vez en lo que sí llegaba confiada a Chile y que efectivamente así resultó, es en lo bueno que sería, para mi niña, el conocer a su papá y a su abuelita, que tenían ya largo rato de estar a la espera de su llegada.
De entrada, fuimos acogidos en la casa en que vivían Víctor con su mamá, una persona de mucha cultura y muy hospitalaria. Meses más tarde arrendaríamos una cabañita en el patio de la casa de una familia amiga, en Ñuñoa, un barrio de Santiago. Víctor militaba activamente en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, una de las organizaciones de la Unidad Popular que respaldaba la campaña presidencial de Salvador Allende que ya estaba en la recta final.
De las primeras cosas que pude realizar con apoyo de Víctor, mi suegra y sus conocidos del campo del arte y de la cultura, recojo la exposición de mi obra artística, que la montamos en la Galería de Bolsillo, en Providencia, Santiago. Se consiguió una asistencia más bien de corte social alto y académico, poco popular diríamos. Pero conservo un grato recuerdo ¿sabes? Ahí conocí por casualidad a una mujer bastante mayor, que llamó mi atención por su cuidadoso mirar a mis dibujos y que al final hasta me dedicó un gesto encantador de aprobación. Pues mira: esta linda viejita resultó ser la pintora y dibujante Delia del Carril, la comunista argentina conocida cariñosamente como La Hormiguita, quien había sido la segunda esposa de Pablo Neruda, menor a ella veinte años de edad…
Que interesante. Veo que tu inesperado encuentro con Delia del Carril habría ocurrido poquito antes de que Neruda recibiera el Premio Nobel.
—Así es. En Chile celebramos en 1971 la premiación con el Nobel de Literatura al gran Pablo Neruda. Y yo sigo celebrando mi casual encuentro con esa encantadora mujer que había sido la esposa, compañera de lucha y más aún complemento espiritual y político de nuestro poeta entre 1943 y 1955.
¿Cómo se materializó finalmente tu vínculo con el proceso de cambio que se venía dando en Chile?
—Como te dije, mi esposo era miembro del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, que respaldaba a Salvador Allende. Víctor logró me acogieran en las filas del MIR. Así reasumí entonces mi ser político… en calidad de militante, sujeto a la disciplina del MIR, a favor de la anhelada transformación de Chile. Dada mi condición de artista del dibujo y de la pintura, entre las tareas a mí asignadas por el movimiento estuvieron las de diseñar carteles, portadas para libros y discos, ilustraciones gráficas para materiales de difusión, pintar murales y así por el estilo.
También se me pedía colaborar con portadas o ilustraciones requeridas por la Editorial Universitaria, con la que el MIR tenía vínculos. Mira que se me pidió ilustrar la tapa de Diez, un lindo librito con diez cuentos de Juan Emar, un grande pero olvidado literato chileno de los años treinta, cuarenta …
¡Ah caramba! ¡Ilustraste nada más y nada menos que un libro de Juan Emar! Me has hecho acuerdo de su cuento “El Pájaro Verde” que alguna vez leí – le digo mientras googleo rápido y le leo cosas como estas: Juan Emar, seudónimo de Álvaro Yáñez Bianchi, escritor, crítico de arte y pintor chileno (1893-1964) … máximo exponente chileno de la vanguardia literaria de las décadas de 1920 y 1930.
—Ya ves, el libro de tan grande y olvidado escritor fue reeditado por la Editorial Universitaria en 1971, con prólogo de Pablo Neruda y con cubierta e ilustraciones mías – me complementa Pilar con sano y modesto orgullo.
Más adelante, ya en el Gobierno de Allende, empezaron a abrirse espacios importantes para los trabajadores de la cultura. Fíjate que entre las “Cuarenta primeras medidas” del Gobierno de la Unidad Popular, la número 29: “Educación física y Turismo popular”, remitía expresamente al derecho al descanso, propuesta impulsada por la Central Única de Trabajadores que fuera asumida por el gobierno con la emisión de un decreto, que ordenaba planificar y construir Cabañas -Villas de Turismo Social- para el descanso vacacional de los trabajadores chilenos y sus familias en 20 puntos a lo largo de los más de 6.000 kilómetros de la playa del Océano Pacífico, en terrenos administrados por el Ministerio de Bienes Nacionales.
Pues bien: La Consejería Nacional de Promoción Popular, bajo la dirección de Carmen Gloria Aguayo, se pondría a cargo de la implementación de los Balnearios Populares, como también de los Centros Barriales de Madres y de Clubes Deportivos que, hay que decirlo, existían desde el gobierno anterior – el del presidente Frei – pero que serían fuertemente potenciados y redimensionados en su alcance socio cultural por el gobierno de Allende. Estas iniciativas concitaron rápidamente el apoyo de las universidades y de la juventud militante de los partidos políticos integrantes de la Unidad Popular, de manera que los equipos de monitores y facilitadores que se necesitaba para echar a andar tan importantes propuestas, se constituyeron sin mayor dificultad. Lo cierto es que, a dos meses de iniciado el gobierno socialista, es decir a fines de enero de 1971, se inaugurarían y empezarían a prestar servicio los primeros 13 “balnearios populares” – cada uno con capacidad de recibir a unas 500 personas – y se proyectaba contar con los 7 restantes para fines de 1973. A la par, se emprendería con el fortalecimiento y ampliación de los programas relacionados con la organización social de las madres, la práctica deportiva y la actividad cultural en los barrios populares.
A mí me llamaron ese mismo verano de 1971, a formar parte del equipo que tomaría a cargo la implementación del Balneario Popular de Papudo, punto de hermosas playas – Playa Grande y Playa Chica – en la Región de Valparaíso. Y ya terminado el verano, después de haber llevado a cabo con éxito nuestra primera experiencia de vacación programada para obreros y familiares, se nos pidió integrarnos al trabajo barrial con los clubes de madres y deportistas, para apoyar su desarrollo en materias de organización comunitaria, comunicación, historia, música, arte, pintura de murales, fomento de educación y salud, cosas que hacíamos en jornadas de 21 días seguidos, hospedados transitoriamente en los barrios seleccionados de una determinada ciudad, que en nuestro caso fue Santiago.
Los jóvenes instructores y facilitadores escogidos para poner en marcha estos programas icónicos del gobierno de la Unidad Popular fuimos pues, en buen número, afines a las agrupaciones políticas y movimientos sociales aliados a la causa del presidente Allende. Yo, por ejemplo, que venía de apoyar como diseñadora de afiches promocionales, portadas e ilustraciones de libros y material discográfico requeridos por el MIR para la causa social, fui integrada al equipo como instructora de arte pictórico. Me sumé así al grupo para promover el arte de la pintura y el dibujo, junto con otras capacidades como las musicales, literarias y otras, requeridas tanto por el programa de los balnearios como por el de los barrios.
No sé si te entiendo bien: ¿Los equipos de promotores se formaban solamente con gente de probada militancia?
—No, no. No tan así. Mira que no faltaron jóvenes que sin tener filiación ni experiencia política alguna, no pocos provenientes de familias muy conservadoras –quienes habiendo incluso tomado razonable distancia con el parecer ideológico de sus padres– habían llegado a considerar el proyecto de las cabañas sociales no solo novedoso sino justo, es decir de justicia social para los trabajadores y los marginados. Yo considero que muchos de ellos estaban positivamente influenciados por el movimiento de la Iglesia de los Pobres que florecía en América Latina en esos tiempos.
En fin, nuestro trabajo de equipo consistiría en acercar las familias obreras al conocimiento del canto, la danza, el teatro, la pintura, la poesía, la escritura y más, durante su estadía vacacional en las playas de veraneo o en las reuniones comunales y barriales. Lo hacíamos agendando y facilitando actividades: fogatas de guitarreo y de baile, actividades de entretenimiento, formación artística, expresión de capacidades culturales propias, lectura, pintura de murales en barrios populares con participación de sus habitantes… y así por el estilo. Pero, desde luego, lo más importante y necesario, quisiera insistir: Íbamos descubriendo la enorme riqueza espiritual del contingente popular chileno – niñas, niños, madres, padres, abuelas y abuelos, vecinos, amigos y colectivos – en el ejercicio de hacer uso del disfrute del derecho al descanso reparador y de la formación político-espiritual del ser socialista.
No se trataba, por tanto, de disfrutar del arte y de la cultura a secas, sino de poner en práctica un accionar intercultural, con pedagogías liberadoras, en la comunidad misma, en sus espacios organizados, en actividades preñadas de una filosofía y una práctica social de amor al prójimo y necesariamente orientadas al bien común.
¿Recibieron los balnearios populares algún beneficio del quehacer cultural revolucionario – digamos de la música protesta, el teatro, la poesía – que por esos tiempos se irradiaba por América Latina?
—Claro que sí. Mira que se fue estableciendo la costumbre de dar inicio a las actividades vacacionales, cada día, temprano en la mañana, con la reproducción por altoparlantes de canciones como La Plegaria a un Labrador, de nuestro Víctor Jara, ese himno a la vida popular soñada, que entre otras cosas dice: “…Levántate y mira a la montaña… Tú que manejas el curso de los ríos. Tú que sembraste el vuelo de tu alma… Levántate y mírate las manos. Para crecer, estréchala a tu hermano. Juntos iremos unidos en la sangre. Hoy es el tiempo que puede ser mañana…”. Pero si en nuestro repertorio eran infaltables los temas de Violeta, Víctor, los Inti, los Quilapayún y más, no faltaba espacio para los temas de trovadores sociales de otros países de nuestra América y El Caribe, y hasta de los otros continentes. Más aún: en Papudo y en otros balnearios del programa gubernamental, así como en el trabajo cultural en los barrios, nuestros equipos se vieron potenciados por la integración de jóvenes artistas, músicos, escritores, etc., de Paraguay, Brasil, Uruguay y Argentina… y de Ecuador también, que habían llegado a Chile, unos en busca de refugio tras ser perseguidos por las dictaduras que dominaban en sus países, otros movidos por el interés de sumar apoyo al proceso de transformación presidido por Salvador Allende. De ellos aprendimos mucho y conservamos gratos recuerdos.
También guardo lindos recuerdos de Alejandra Dittborn Santa Cruz, chilena de procedencia social media-alta, apasionada por la fotografía, que no tenía filiación política pero que de alguna manera congeniaba con las ideas pacifistas y antisistema de los hippies, probablemente aprendidas en medio del Berlín hippie y revolucionario, la ciudad alemana en donde se había perfeccionado en asuntos de técnica y arte de la fotografía. Ella se integró a nuestro equipo y entablamos linda amistad: su pequeño hijo Juan Antonio (Chicorita, le decíamos por su pelo rubio) y mi hijita (La Panchi, por Francisca) tenían la misma edad, se llevaban bien y por eso también logramos entre nosotras una amistad más estrecha. Una mujer sensible, siempre alegre, solidaria… Sé que Alejandra ha muerto en 1989, a sus 45 años de edad, por un paludismo adquirido en África, mientras hacía una consultoría para la FAO.
Al igual que Alejandra y yo, otras y otros capacitadores disfrutamos no solo del maravilloso contacto con la querida gente en proceso de liberación y realización de sus derechos, sino con la amistad, el trabajo y la unión familiar que se nos volvieron tan propicios en el marco de los balnearios populares y en los barrios.
¿Hubo algún grado de dificultad en la implementación de estos programas? ¿Algún obstáculo que sortear?
—Pues sí. Como en toda obra, había que ir haciendo camino al andar. Pero la diferencia cualitativa en este caso es que, desde el gobernar socialista se solicitaba de nosotros – los tutores y facilitadores de la construcción social de los balnearios – poner a prueba nuestra capacidad de constituirnos, primero que nada, no en apéndice sino en parte de un equipo de dirección colectiva; dirección de la cual no podía estar ajena la población beneficiaria misma. Yo creo que, guiados por nuestras convicciones socialistas, íbamos cumpliendo con amor – aunque no sin errores, caídas y levantadas como ocurre en cualquier proceso de aprendizaje – la tarea y constituyéndonos poco a poco en ese obrero colectivo necesario para seguir edificando sólidamente lo planeado. Fue increíblemente grande y esperanzador lo que se logró avanzar en poco más de dos años.
Y expresiones de rechazo desde la derecha ¿Las hubo?
—Sí que las hubo. A lo largo de todo este tiempo, esto es entre 1971 y 1973, no faltaron las acusaciones infundadas – por ejemplo, regar la mentira de que el proyecto de balnearios se estaría edificando sobre tierras expropiadas a supuestos honrados propietarios – ni las acciones violentas de boicot al programa – por ejemplo los innumerables asaltos que la gente de Patria y Libertad hiciera para robar los insumos que los camiones enviados por la CUT transportaban a los balnearios y a las poblaciones cercanas, para generar su desabastecimiento: es decir dejarlos carentes de alimento, medicamentos de botiquín, artículos de tocador, útiles de aseo y limpieza, implementos deportivos, cuadernos, lápices, herramientas, etcétera. Cuestión que en buena medida logró ser controlada gracias a la labor de custodia que el gobierno solicitó a los carabineros e incluso a los soldados de las fuerzas armadas y al personal de seguridad de los municipios locales realizar, para que los camiones llegaran sin problema a su destino.
Súmale también a todo esto, el comportamiento provocador ejercido por los niños ricos y por sus padres propietarios de casas de veraneo en lotizaciones relativamente cercanas a los balnearios populares, que se dieran a invadir los espacios de la playa con sus motocicletas y sus todo-terreno ahuyentando con su ruido, su velocidad y su griterío de amenazas en contra de la presencia popular en “sus playas”. Mira que hubo incluso casos de arrollamiento y heridas graves a los obreros y familiares que jugaban o paseaban por la playa. En otro de los balnearios – el de Las Cruces, la gente mejor acomodada de la comuna cercana y de las casas de veraneo de los ricos, provocaron un enfrentamiento en el cual cayeron insensatamente los compañeros y los trabajadores que se hallaban de vacación, y la pelea tuvo que ser controlada por la policía. Las investigaciones realizadas demostraron que la gente de Patria y Libertad había estado detrás de eso.
En algunos balnearios se dieron “incursiones delincuenciales”. Parecían tales, pero no lo eran: obedecían más bien al accionar planificado de grupos de derecha que, disfrazados de delincuentes, buscaban no solo infundir miedo sino precipitar la renuncia de los instructores y facilitadores atemorizados. Nosotros pasamos por esta situación. En mi caso, yo ocupaba con mi hijita la cama matrimonial y dos compañeras solteras ocupaban los camarotes. Una noche nuestro sueño tranquilo se convirtió en pesadilla por el asalto de dos hombres nerviosos, que despertaron a mis compañeras a sacudones y mostrando sus cuchillos les pedían guardar silencio y entregar sus pertenencias. Mis gritos de auxilio fueron por suerte escuchados, pero al salir en carrera y mientras permanecía arrodillada en el colchón cubriendo desesperada a mi niña que sollozaba asustada contra la pared a la que teníamos pegada la cama, uno logró darme un puñetazo en el seno izquierdo que casi me desmayo. Se inflamó mucho y me quedó una marca permanente. No sé si el cáncer de mama que tuve años después tendría relación con este golpe. Estoy agradecida con la medicina cubana por la curación.
En los barrios urbanos también se iban inflamando los ánimos antipopulares. La radio, la prensa y la televisión, todas en manos de la oligarquía, iban calando mucho con sus mentiras en la clase media que – aterrorizada- poco a poco iría cerrando filas con ella en contra del gobierno al que tildaban de antihumano, anticristiano, contrario a la propiedad privada y a las libertades personales y familiares. Fue terrible: hubo familias clase media que irían tomando tan en serio el asunto, al punto que llegaron a conformar brigadas de defensa y a dotarse de armas y municiones “por si las moscas”.
¿Y qué pasó contigo, con el equipo, con los programas populares, durante e inmediatamente luego del golpe de Pinochet?
—Pues todo se vino abajo. Un golpe físico y espiritualmente devastador. El 11 de septiembre de 1973, casi a fines del invierno, yo estaba con mi hijita en casa, muy temprano: recién levantadas y alistándonos para el desayuno cuando escuchamos la noticia. Siendo militante del MIR, me puse a la espera de instrucciones para saber qué hacer. Mientras tanto alcancé a comunicarme con mi hermano Emiliano y le pedí me ayudara recogiendo a la niña y poniéndola al cuidado de mi cuñada Yolanda, esposa de mi hermano Hernán Pérez, que vivían entonces en Santiago donde él estaba siguiendo su doctorado de economía. Luego enfilé disciplinadamente con una compañera a Cerrillos, lejos de Santiago, al sitio al que nuestros mandos del MIR nos indicaron acudir para organizar fuerzas, en la suposición ingenua de que algo se podría hacer para resistir. Lo cierto es que, dada la gravedad de lo que estaba ocurriendo (el toque de queda total, el control de las comunicaciones, las rondas de vigilancia y la persecución), no pudimos organizarnos debidamente en Cerrillos. De modo que, al tercer día, aprovechando que los militares anunciaron por la radio el relajamiento del toque de queda por unas horas a que la gente pudiera salir a abastecerse de alimentos e insumos, salimos cuidadosamente. Tomé contacto con mi hermano Emiliano, quien me abrazo fuerte y me tranquilizó indicándome que mi niña estaba a buen recaudo pues Hernán la había logrado asilar junto a su esposa Yolanda en la Embajada de Ecuador. Emiliano me pidió que dejara cualquier pregunta para otro rato, me instruyó sobre las cautelas a seguir y me obligó a ir de inmediato con él a la casa del embajador del Ecuador, que quedaba en Apoquindo… Mi hermano logró dejarme a cargo de una persona del servicio en la sala de estar y nos despedimos con cariño. Después de buen rato apareció nuestro embajador, me saludo con su estilo diplomático y me pidió documentos de identidad, que por desgracia no los tenía conmigo ya que el día del golpe había salido de la casa sin ellos. Pero no le sirvieron mis justificaciones, se dirigió a la puerta y me invitó a dejar la embajada. Yo entré en terror y le dije que ya mi hija pequeña estaba ahí adentro esperando por mí y hasta se me ocurrió decir el apellido de mi cuñada que podría dar fe de mí y blablablá… Estuve al borde del infarto creo, cuando se interpuso entre nosotros una chica que le increpó casi llorando: “Qué te pasa, la vas a echar en manos de la policía…” Pues fíjate: mi salvadora resultó ser la hija del embajador. Tengo gratitud inmensa con María Correa. Seguro que ella habría abogado por muchos compatriotas perseguidos … No fui la única, tengo esa certeza. Una ocasión la busqué para agradecerle, pero ella ya no se acordaba.
Quedé entonces asilada y volví a abrazar con emoción y con lágrimas a mi hijita y mi cuñada. Poco después Yolanda me contó que el mismo día del golpe, en la tarde, Emiliano les había dado noticia de que los militares habían llegado a Ñuñoa y allanado la casa donde vivíamos, diciendo que “venían por los cubanos”. El asunto es que, a mi niña que ya tenía 6 años, sus amiguitas del vecindario y compañeros de escuela la conocían en el barrio como “la cubanita” y eso le tenía preocupada a la inteligencia golpista. Figúrate lo que nos habría pasado si nos encontraban por ahí: En un impresionante operativo habían rebuscado y desbaratado todo, no solo en la cabañita de madera que arrendábamos, sino la casa entera y se habían llevado con atropellos a nuestros queridos arrendadores – que eran familia de mi compañera militante más cercana – para interrogarlos. ¡Nos habíamos salvado de milagro pues…!
Yolanda me comentó que mi hermano (Hernán Pérez Romoleroux) la dejó asilada con mi pequeña y que tenía planeado presentarse en un retén de carabineros, para documentar su condición de estudiante de posgrado en la Universidad Católica, obtener el salvoconducto y continuar con sus estudios. Ella esperaba sus noticias mas no llegaba y empezamos a preocuparnos cada vez más. Luego de una semana mi hermano llegó todo destruido a buscar refugio sin poder explicarse cómo lo había logrado.
¿Qué había pasado con él?
—Te lo resumo: había ido a una unidad policial a mostrar su pasaporte, declarar que era estudiante y pedir salvoconducto. Que le dijeron que no bastaba con el carnet estudiantil. Que pidió le prestaran una llamada. Que localizó al director de la carrera de economía – que era amigo – a quien rogó fuera a dar testimonio de que estaba matriculado y estudiando allá. Que recibieron al profesor, le agradecieron por la información y le pidieron irse tranquilo. Que Hernán quedó contento a la espera del salvoconducto, pero que, al rato y sin explicación alguna, se lo llevaron al Estadio Nacional donde lo tuvieron casi dos semanas, sometido a averiguaciones y maltratos. Sentí muy cerca la muerte y al final me soltaron en una calle por no sé dónde – nos decía. El pobre llegó hecho un desastre y fue atendido por un médico que también estaba refugiado.
¿Y de Víctor… qué con él?
—De Víctor no sabíamos por dónde andaría en esos momentos. Con mi niña lo habíamos visto unos días antes en una visita corta. Pero… miembro y activista consecuente del MIR como era, me lo imaginaba disciplinadamente involucrado en alguna acción tratando de resistir el golpe. Igual, también se me cruzaba la idea de que podría haber pasado con él lo peor… Solo meses después, cuando ya no estábamos en Chile, supimos que, en aquellos días, en combate con una patrulla militar – que habría estado desalojando una fábrica tomada por los trabajadores – había recibido un balazo en el vientre y se salvó porque sus compañeros lograron llevárselo y ponerlo en manos de médicos de confianza. Más tarde sería apresado y condenado a largos años de prisión… Cuando los abogados consiguieron se le redujera la pena – como a los cinco o seis años – Víctor hizo maletas y viajó a enrolarse en la Revolución Sandinista que se había iniciado en 1979. Allá hizo familia con una nica revolucionaria. Mi hija viajó un par de veces a visitarlos.
¿Y qué pasó con los balnearios populares luego del golpe?
—Correrían la peor de las suertes. Hay bastante documentación sobre eso ¿sabes? Lo que se rumoraba al comienzo es que estaban siendo tomados por los militares y por los momios como trofeo de guerra.
Por ejemplo: Las instalaciones del Balneario Santo Domingo habían sido tomadas por la Dirección de Inteligencia – DINA – y servido por un tiempo al propósito de dar techo y aula para el perfeccionamiento de agentes de represión. Más tarde, con los balnearios de Puchuncaví y Ritoque, se convertiría en uno más de los quinientos centros de encarcelamiento y tortura ordenados por Pinochet. Los otros dieciséis balnearios fueron tomados como cabañas de veraneo para provecho de las milicias de la dictadura.
Sí. Los balnearios populares y todas las nacientes conquistas del gobierno para su pueblo, cayeron pisoteados por el poder militar: por el poder militar-criminal-FASCISTA-imperial encarnado y personificado por Pinochet.
¿Cómo asumió el pueblo el duelo por la muerte fatal de su “Chicho” Allende? ¿Tú misma, cómo reaccionaste a la noticia?
—Que difícil pregunta …
A mí, a los míos, a todos los Allendistas, a toda la Patria socialista unida, la noticia le cayó como un inesperado balde de agua fría. Yo lloré con coraje y a lágrima tendida, para qué … Y estoy segura que cientos de miles de almas no solo de Chile sino de toda América y me atrevo a decir del mundo entero, habrán llorado ese mismo instante la muerte de Allende: El Chicho Allende, quien entregara toda su vida luchando y defendiendo a su pueblo, había caído erguido e inclaudicable ante el cobarde golpe dictatorial. Luego circuló la noticia de que su cuerpo había sido sepultado en forma secreta y sin funeral.
Pero Allende quedó grabado inmortal en la memoria de su pueblo y de los pueblos pobres del mundo. Qué más te podría decir…
Gracias Estimada Pilar. A propósito de tu respuesta, me has traído a la memoria la canción “Allende”, del cantor, poeta y dramaturgo chileno Patricio Manns, cuyos versos dicen así:
“Tú no estás en las calles de Chile ni en sus muros, no estás en los mercados ni en las escuelas rotas, pero sí en la memoria de los que defendiste, con tui deal, tus manos y tu muerte inmortal. Nada, nada: sólo el amor de tu pueblo, Allende, Allende”
—Ayayayay –me responde Pilar con sus ojos humedecidos: acabas de hacerme recordar que, justo poco antes de que se produjera el golpe de Pinochet, me hallaba terminando de dar forma a la portada de CARAJÚ, un proyectado disco de Patricio, compañero del MIR. El proyecto se frustró y no llegaron las canciones a ser grabadas. Patricio se exilió en Cuba y en Francia tras el golpe. El disco y sus preciosos temas quedaron inéditos.
Sé que la canción “Allende”, de autoría de tu querido compañero y camarada Patricio Manns – le digo para finalizar – fue creada mucho después del golpe y cantada por primera vez en vivo por él mismo, en abril del 2010, en el concierto “La Pichanga Música Chilena” (pichanga, del quechua, encuentro informal).
—Un camarada. Un tipazo. Patricio murió en 2021. Valdría que recomiendes a los lectores escuchar la canción, que debe estar en YouTube –concluye Pilar.


