En algunos medios se ha vuelto habitual referirse a los indígenas como  culpables principales de los desórdenes del pasado octubre, de la instigación a la violencia, del vandalismo, del secuestro de periodistas, del irrespeto a las autoridades, de las agresiones a los uniformados, de la inobservancia de los derechos humanos, de violación, de sedición…

Las condiciones de vida para los Tsáchila han sido adversas. Todo ha contribuido para que su territorio ancestral sea mutilado: la “reducción de pueblos” impuesta por los jesuitas, la viruela, la superposición territorial con otros pueblos (niguas y yumbos), la presencia de colonos, las disposiciones de la Reforma Agraria, la construcción de carreteras, la aparición  de la ciudad.

Noam Chomski ha dicho, en alguna parte, que los pueblos aborígenes están llamados a salvar a la humanidad. Para que esta afirmación tenga valor político real, se tendrá primero que aceptar que, más allá de la filosofía occidental, existen otras filosofías, independientes, que han nacido y florecido fuera de los cánones gnoseológicos de las matrices griega, romana, hebrea o musulmana.

Según el antropólogo José Matos Mar, “las comunidades indígenas del área centro-andina (Ecuador, Perú y Bolivia) constituyen una forma propia y peculiar de organización social de un amplio sector de la población campesina del  país y responden a un  tradicional patrón de establecimiento, claramente diferenciado dentro del conjunto de instituciones de las sociedades en que están insertas. Su importancia es tal que conjuntamente con la hacienda es uno de los pilares de la estructura agraria andina.

#OrangeShirtDay: Los sobrevivientes de los internados hablan, buscan la verdad y la sanación

El 30 de septiembre o el #OrangeShirtDay se ha convertido en Canadá, y lentamente en los EE. UU., en un día de resistencia y resiliencia para los varias generaciones de sobrevivientes de los internados indígenas: una cruel práctica colonial de separación de familias y niños, forzados a una “asimilación” en la sociedad capitalista cristiana blanca, que comenzó en la década de 1860 y duró más de un siglo.

Los pueblos originarios de Abya Yala fueron grandes culturas y civilizaciones (Incas, Mayas, Aztecas,  Guaraníes, entre otros), tuvieron  una clara división social y una cosmovisión precisa muy desarrollada.  Adaptados  a distantes  geografías crearon un arte muy elevado, tecnologías y conocimientos. Aspectos que las historias oficiales siempre  han encubierto por defender  el “ego superior” europeo.

En las academias, cumpliendo con el pronunciamiento de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) sobre el Año de las Lenguas Indígenas, se ha comenzado a discutir los problemas  que  enfrentan esos idiomas.  Es un hecho que la situación lingüística se caracteriza por el entrelazamiento de relaciones económicas, políticas, ideológicas, étnicas, sociales, culturales.

Ahora que la Organización de las Naciones Unidas ha proclamado el 2019 como el Año Internacional de las Lenguas Indígenas y que la Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) ha asumido la labor de sensibilizar a la opinión pública mundial sobre los riesgos que aquellas enfrentan, se constata con gran consternación que el quichua ha ido retrocediendo más y más en las últimas décadas.