El coronavirus no desnudó un país sobre cuyas intimidades ya teníamos amplio conocimiento; desnudó la inviabilidad de un futuro concebido desde una serie de premisas convencionales. Por ejemplo, que la desigualdad puede ser atenuada dentro del sistema capitalistas; que la informalidad es un terreno propicio para los emprendedores; que la privatización de los servicios incrementa la eficacia del sistema de salud; o que las fuerzas políticas persiguen el bien común cuando de enfrentar una tragedia colectiva se trata. La pandemia levantó el velo de las apariencias.

Profesores, sobre todo secundarios, que laboran entre 10 y 16 horas diarias desde sus hogares, fustigando al tiempo para complacer a la familia propia y a la entenada (sus alumnos). Extensas jornadas académicas que incluyen tediosas reuniones de planificación para cumplir con objetivos de aprendizaje armonizados con valores que en la vida real son desechados – en buena medida – por la praxis de quienes sin estupor entremezclan con mirada unidimensional a la filantropía con la solidaridad.

He pecado, padrecito. Le juro, por diosito que es más fuerte que yo. No puedo evitarlo. Siempre que el presidente, su vice y sus ministros aparecen en las noticias y en el Facebook que me abrieron por la cuarentena, algo dentro de mí se vuelve turbulencia. Pecado mortal, padrecito. Le pido a dios que por favor haga el milagrito de desaparecerles, de que el coronavirus los abrace hasta que vean la luz blanca, de que la huesuda les haga alguna emboscada, algo.

Occidente  casi en su totalidad se podría estar equivocando en el manejo de la epidemia, no solo porque los indicadores de morbilidad y mortalidad siguen creciendo, sino porque además están trémulos ante las eventualidades de su impacto económico. Se ven así mismo casi en condición de rendición ante la economía China. Este país sale airosa habiendo sido el foco inicial de la pandemia.

Ha pasado a la historia el panóptico de Jeremy Bentham. El filósofo inglés ideó una estructura arquitectónica en el siglo XVIII, que estaba construida de tal modo que permitía al guardián de la torre central observar a todos los prisioneros en sus celdas. Estos no podían saber si eran o no vigilados. El saberse observado crea el efecto automático de cumplir con las condiciones del poder.

No es 1984 ni tampoco son los tanques de la Policía rodeando – por disposición del expresidente León Febres-Cordero – la Corte Suprema de Justicia para evitar que los jueces no alineados a su partido asuman la magistratura. ¡No! Es 2020 y son las camionetas del Municipio de Guayaquil que por orden de la alcaldesa socialcristiana, Cynthia Viteri, bloquearon la pista del aeropuerto José Joaquín Olmedo para evitar que un avión de la compañía Iberia y otro de KLM, con 11 tripulantes, aterrice y lleve consigo a cientos de ciudadanos holandeses y españoles a sus países de residencia, pese a contar con los permisos del Estado ecuatoriano. Ese mismo Estado del cual todos somos parte, incluida la alcaldesa.

Es una creencia generalizada pensar que de la crisis y los problemas suelen surgir nuevas oportunidades. Ojalá que la pandemia del coronavirus no se escape de esta afirmación, sobre todo cuando el confinamiento y el cierre de las actividades económicas tienen efectos diferenciados entre la población. Aunque la angustia y el temor por nosotros y quienes nos rodean están presentes en todos los seres humanos, hay quienes podrán soportar el confinamiento en una mejor situación que la gran mayoría de la población del planeta.