Todos conocemos el pánico que hay en Carondelet. Las rejas y alambres de púas se han convertido en decoración permanente, que no se quita ni por Navidad. Además del cuento del golpe, a Lenín Moreno no le deja dormir los casos de corrupción en los que está implicado junto a Rafael Correa, los INApapers y los futuros procesos por el Estado de excepción, represión, violación de derechos humanos, heridos y asesinatos de octubre.

En días anteriores el articulista, Juan Valdano Orejón, ha escrito un agresivo artículo en diario El Comercio titulado La insolencia del prevalido, en el que como a vos en cuello delata su espíritu segregacionista respecto de un sector de la población a la que llama “turba” indígena, como si aquellos no sobrellevaran sobre su cuerpo social la memoria de sus ancestros, tal cual el señor Valdano guarda el suyo, supongo de los albores de las monarquías luego de la catastrófica caída del imperio romano que incendió con actos de terror la Europa de aquel entonces y también de los siguientes siglos; así de la masonería del  siglo X.

Es probable que en la república de la farándula estas palabras no sean las “políticamente correctas”, sobre todo para un segmento de la sociedad caracterizado por su cinismo y por lidiar a placer con las dádivas de la corrupción arrojadas por el ‘Arroz Verde’, así como también para el feminismo e indigenismo sectario y bravucón.

Y Voltaire lo dijo así, como si la sopa siempre fuera primera que el arroz. Con un convencimiento de hombre de ciencia que sugestiona al más incrédulo. Roldán, a quien en Carondelet le llaman el carpintero pobre: porque no tiene ni un metro, debió llorar en silencio como cuando sintió la primera cornada de un becerro en salva sea la parte;la Romo se puso la mano en el pecho y cantó ¡Salve, oh patria! ¡Mil veces Oh patria! ¡Y tu pecho, tu pecho Voltaire!